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Debe
abonar a la familia de Ana Aguirrezabal una indemnización de 135.000
euros La defensa de Guillermo Fernández Bueno recurrirá el fallo ante
el Tribunal Supremo
Pena
en su grado medio para Guillermo Fernández Bueno, el joven alicatador cántabro
que el 14 de diciembre de 2000 violó y mató con alevosía y «una
violencia inusitada» a Ana Rosa Aguirrezabal en el bar Acua de Vitoria.
El juez impuso ayer una condena de 26 años y seis meses al asesino de
la limpiadora del establecimiento hostelero; 17 y medio por asfixiarla y
cortarle el cuello asegurándose de que no podía defenderse, y nueve más
por agredirle sexualmente. En total, seis y cuatro años menos de lo
solicitado por la familia de la víctima y el fiscal, respectivamente.
El magistrado de la Audiencia Provincial de Vitoria Jesús Alfonso
Poncela explica en su fallo que Guillermo se aprovechó de «manera
consciente de la situación de indefensión» de Ana Rosa, a la que
redujo a un «mero objeto» para someterla a su «brutalidad y
depravados deseos sexuales».
Definida por los psiquiatras como una persona «muy peligrosa para sí
mismo y para los demás», Guillermo mató a Ana Rosa tal y como precisó
en su primera declaración autoinculpatoria, prolija en detalles,
incluido un dibujo del local donde reflejó sus movimientos. Las huellas
de sus zapatillas deportivas y las palmas de sus manos en el lugar del
crimen corroboran su primer testimonio realizado ante el juez el 9 de
enero de 2001, totalmente contrario a lo que declaró en la vista oral
celebrada hace veinte días, donde se desdijo y juró no haberla
asesinado. En ambas ocasiones negó la violación.
El juez sostiene, en cualquier caso, que queda probado cómo el
condenado entró entre las 6 y las 6,45 horas del 14 de diciembre de
2000 en el bar Acua, saltó la barra y golpeó por sorpresa a Ana Rosa
con una botella de cristal. La derribó al suelo, en un estrecho
pasillo, donde le flexionó las piernas sobre el tórax y el abdomen y
la violó. «La víctima falleció durante la penetración», recoge el
fallo. Pero Guillermo quiso asegurarse de que Ana Rosa no viviría para
contarlo. Por eso cogió una espátula e intentó cortarle el cuello. Al
no conseguirlo, empuñó un cuchillo de sierra y, tras varios cortes, le
seccionó la yugular de izquierda a derecha. Al terminar, se lavó las
manos en una pileta y regresó al domicilio que compartía con su
hermano a escasos metros del bar.
Fibras, sangre y restos
Existen varias pruebas. Por ejemplo, los restos de fibras de
la chaqueta y el pantalón del asesino encontrados en el cuerpo de la víctima.
Los peritos identificaron también en la barra del bar sangre del
imputado. En la cazadora que vestía la fatídica noche localizaron
restos celulares de Ana Rosa.
Hay más. La víctima había terminado de fregar el suelo del bar
instantes antes de que su asesino accediera al local por la persiana que
había dejado entreabierta. Es decir, la mujer había borrado con la
fregona buena parte de las huellas anteriores al crimen. «La primera
persona que accedió al bar después de la limpieza fue el criminal»,
sentencia el juez. Y esas huellas casan al 100% con unas zapatillas
deportivas muy peculiares que calza Guillermo.
Por otra parte, el reo aseguró durante el juicio oral que la noche de
autos tomó doce copas de whisky y gramo y medio de cocaína. Pero sus
colegas de juerga testificaron que ni le vieron drogarse ni apreciaron
anomalías en su comportamiento. Guillermo se confesó además
consumidor habitual de cocaína, aunque los análisis médicos han
demostrado un uso bajo y esporádico de sustancias estupefacientes.
Por todo ello, la Audiencia Provincial de Vitoria le ha condenado a 26 años
y 6 meses de prisión y al pago de una indemnización de 135.000 euros a
los padres de Ana Rosa. Fallo que su defensa recurrirá ante el Tribunal
Supremo esta misma semana. El letrado Francisco Javier Serna, que
insiste en la inocencia de su cliente, afirmó ayer a EL CORREO que los
hechos anteriormente descritos «no están fundamentados. Lamento
profundamente esta sentencia».
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