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Ayer
en Perú la gente empezó a apalear a la clase médica. Tras una
desafortunada operación a una niña, una multitud entró en el hospital y
empezó, en su desesperación, a golpear al personal. No era una familia
indignada, era una sociedad harta de que su Sanidad Pública no tuviera
medios, ni posibilidad de tenerlos y de que los niños murieran en las
aldeas y las salas de operaciones.
En Madrid ha
habido dos huelgas interesantes. Una, silenciada, la de las empleadas
de limpieza a las que su vampirizante empresa contratada obligó a limpiar
también los quirófanos sin que tuvieran formación necesaria para
hacerlo. La otra, la de los empleados de ambulancias, también
privatizadas, que tenían que robar material de los hospitales incluso
para tener sábanas limpias.
En muchos
informativos parecía que dichos empleados abandonaban por maldad a los
enfermos a su suerte. Era de prever, pero habría que explicar que desde
que se inició el proceso de privatización de la Sanidad Pública, muchas
de las empresas contratadas se han dedicado a hacer negocio con nuestra
salud.
El trato que se le da
a un personal tan necesario para un hospital como son las limpiezas y el
transporte es muy triste. Sus atractivos sueldos tienen una media de
ciento veinte mil pesetas al mes. Si quieren hacer huelga para protestar,
están obligados a cumplir el cien por cien de los servicios mínimos. Es
decir que hacen huelga trabajando, que es como si en realidad no
protestaran.
De acuerdo, la
Sanidad Pública es un gasto. Pero también la salud de todos, en un país
que funciona correctamente, es un derecho al que no hay que renunciar. Uno
se empieza a hartar que la RENFE se dedique a gastarse el dinero en
construcciones piramidales o que los hospitales compren máquinas carísimas
que no sirven de mucho con tal de dar la razón a los que dicen que las
gestiones públicas son deficitarias y que es mejor regalárselas a un
empresario amigo que haga de ellas algo rentable (para el empresario,
nunca para el usuario).
Un día uno descubre
en qué se ha gastado el dinero tal ONG y le da un patatús. De repente
los alcaldes dicen que no hay dinero para la salud pública y te montan un
Palacio de las Moñadas y las Cursilerías que quita el hipo. Como la
población tiende a envejecer (aceleradamente a base de disgustos) la
sanidad se perfila como el negociazo del siglo, y muchos no quieren perder
la oportunidad de hacerse ricos con las desgracias del los demás.
Pero un día la gente
hará como en Perú, y no habrá ninguna razón que libre a estos
portadores de desgracias de las merecidas bofetadas.
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