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Artículo publicado el 11/11/02 en el nº 90 de Titulares1a3.

Salud y bofetones
TONINO

Las Provincias, 10/11/02

 

Ayer en Perú la gente empezó a apalear a la clase médica. Tras una desafortunada operación a una niña, una multitud entró en el hospital y empezó, en su desesperación, a golpear al personal. No era una familia indignada, era una sociedad harta de que su Sanidad Pública no tuviera medios, ni posibilidad de tenerlos y de que los niños murieran en las aldeas y las salas de operaciones.


     En Madrid ha habido dos huelgas interesantes. Una, silenciada, la de las empleadas de limpieza a las que su vampirizante empresa contratada obligó a limpiar también los quirófanos sin que tuvieran formación necesaria para hacerlo. La otra, la de los empleados de ambulancias, también privatizadas, que tenían que robar material de los hospitales incluso para tener sábanas limpias.

 

En muchos informativos parecía que dichos empleados abandonaban por maldad a los enfermos a su suerte. Era de prever, pero habría que explicar que desde que se inició el proceso de privatización de la Sanidad Pública, muchas de las empresas contratadas se han dedicado a hacer negocio con nuestra salud.


     El trato que se le da a un personal tan necesario para un hospital como son las limpiezas y el transporte es muy triste. Sus atractivos sueldos tienen una media de ciento veinte mil pesetas al mes. Si quieren hacer huelga para protestar, están obligados a cumplir el cien por cien de los servicios mínimos. Es decir que hacen huelga trabajando, que es como si en realidad no protestaran.


     De acuerdo, la Sanidad Pública es un gasto. Pero también la salud de todos, en un país que funciona correctamente, es un derecho al que no hay que renunciar. Uno se empieza a hartar que la RENFE se dedique a gastarse el dinero en construcciones piramidales o que los hospitales compren máquinas carísimas que no sirven de mucho con tal de dar la razón a los que dicen que las gestiones públicas son deficitarias y que es mejor regalárselas a un empresario amigo que haga de ellas algo rentable (para el empresario, nunca para el usuario).


     Un día uno descubre en qué se ha gastado el dinero tal ONG y le da un patatús. De repente los alcaldes dicen que no hay dinero para la salud pública y te montan un Palacio de las Moñadas y las Cursilerías que quita el hipo. Como la población tiende a envejecer (aceleradamente a base de disgustos) la sanidad se perfila como el negociazo del siglo, y muchos no quieren perder la oportunidad de hacerse ricos con las desgracias del los demás.


     Pero un día la gente hará como en Perú, y no habrá ninguna razón que libre a estos portadores de desgracias de las merecidas bofetadas.