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Artículo "En las tripas de la ciudad " publicado el 29/04/02 en el nº 63 de Titulares1a3.
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N-Esta semana: En las tripas de la ciudad |
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En las tripas de la ciudad
«Si
no ves las ratas, es porque hay gas en las alcantarillas y sales pitando»,
explica este sesentón que ha trabajado la mitad de su vida debajo de
nuestros pies, en las tripas de la ciudad. Es
una de las 120 personas que pasan 35 horas a la semana limpiando y
reparando los oscuros y sumamente húmedos túneles de basura líquida
que generan las casas, comercios y fábricas de Madrid. «Mal
olor no hay», asegura Rafael. «La mierda se va perdiéndolo todo. Lo
que huele son los detergentes o los productos de los garajes». Menos
mal. El mes pasado, Rafael sirvió como anfitrión al universo subterráneo
para cientos de madrileños que, aprovechando de la Semana de la
Ciencia, visitaron un corto tramo de los 3.792 kilómetros de
alcantarillas que recorren la capital. «Cucarachas
enormes» «¡Había
cucarachas enormes, por lo menos 50 o 100, así de grandes!», exclama César
Casas, de 19 años, al salir del agujero en la acera, sudando y
salpicado de algo que parece barro. Es un líquido marrón: la sangre
del monstruo que se alimenta de nuestros desperdicios bajo las calles. Afortunadamente,
César y los otros curiosos bajaron a las tinieblas protegidos de la
porquería por monos, guantes, cascos y botas de goma. Su única luz,
las linternas. Una
barandilla les separó del metro y medio de agua sucia que corre «con
tanta fuerza como un río en un día de lluvia torrencial», como dice
Juan Antonio Fragua, de 26 años, uno de los valiosos que cruzó la
frontera a la tierra donde nunca brilla el sol.El joven mide un metro y
82 centímetros, así que tuvo que agacharse durante los 100 metros del
trayecto. «Se
dice que en el subsuelo hay otra ciudad», comenta su camarada en armas,
Azucena Herranz. «He descubierto que es una cuidad para gente muy pequeña».
Y
para gente que no tiene claustrofobia. Aquel
tramo en el que se realizó la visita es uno de los más espaciosos y
limpios, según nuestro anfitrión, Rafael. Algunos, sin embargo, son
tan estrechos que una persona no puede entrar; hay que vigilarlos con cámaras
de vídeo. (¡Y
usted creía que el vídeo de la boda de su prima fue aburrido!) Otros
tramos miden sólo 70 centímetros de altura y 50 centímetros de ancho.
«Andas
con las rodillas pegadas a la boca», dice un compañero de Rafael que
ha prestado 27 años de servicio al reino subterráneo.«Todos nosotros
tenemos la espalda destrozada», añade. Rafael
y sus compañeros son los héroes anónimos de la ciudad. Con
picos, palas y cestas pesadas, limpian el sedimento que se acumula en
las cloacas para que corra sin obstáculo 533 millones de metros cúbicos
de agua al año. También
reparan las averías y las fugas de agua para que nuestros excrementos
no vuelvan a invadirnos. Pasan
calor: la temperatura no baja de los 18 grados. Y ¿se
ha preguntado usted por qué no se pueden tirar las compresas y los pañales
al retrete? Porque esos guerreros del sumidero tendrán que recogerlos. Para
su labor escondida, ganan entre 130.000 y 170.000 pesetas al mes, dice
Rafael. Sin pagos extra por correr peligro. Y
peligro sí hay. No sólo de asfixiarse de gas. «Si caes al agua, es
difícil que te rescate porque la corriente te arrastra», dice Severino
Rodríguez, que ha dedicado 32 años de su vida a sanear el subsuelo.
Los trabajadores contratados por el Ayuntamiento a través de empresas
privadas andan sin barandillas (fueron sólo una comodidad para los
visitantes) y con mucho cuidado. Joyas
perdidas Pero
el trabajo tiene sus ventajas. ¿Se
acuerda usted del anillo que cayó por el desagüe? Lo tiene la mujer de
Rafael. ¿Se
ha preguntado qué le pasó a la cadena de oro que se le rompió en la
ducha? Lo
tiene la mujer de Rafael, junto a una colección de pendientes, relojes
y otras joyas perdidas que, para desgracia de sus dueños, acabaron cayéndose
a las alcantarillas. Los rescató Rafael con sus guantes y escobas. «Pruébatelo,
a ver si está bien», dice con una sonrisa picaresca Rafael a su esposa
al llegar a casa con su regalo de segunda mano. «Si no vale para un
dedo, vale para otra». Rafael
recuerda una época en la que los propios madrileños incluso bajaron a
las cloacas cuando nadie les veía en busca del tesoro subterráneo.
Unos llevaron detectores de metal. (Cómo los manejaban entre las ratas
es un misterio). Había meses en que Rafael ha encontrado hasta cuatro
maravillas escondidas en la porquería.«No se pierde nada», dice, «todo
llega a las alcantarillas».
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